jueves, 15 de agosto de 2013

Mirar desde la sombra, la obra de Mauro Andrizzi desde un lugar llamado Guatemala



Se antoja pensar que la oscuridad es la misma en cualquier lugar del universo. Pensar que la oscuridad de una cueva en Gumarcaj en el departamento de Quiché en Guatemala es la misma que la que está abajo de unas gradas en un caserón antiguo en Buenos Aires, o en un agujero en un tronco, or ejemplo, o que en algún lugar de esos oscuros, oscurísimos de los que está lleno (¿o caso será vacío?) el Universo. Se antoja pensar que lo oscuro de las radiografías es el mismo negro que el de la noche de una ciudad a blanco y negro, en una pantalla, en una sala de cine, en Guatemala. Sin embargo, queda la sospecha, acaso ese sutil secreto que guardan las películas a blanco y negro no es secreto y es algo como una bestia mutante que nos acecha de distintas formas desde Centroamérica, o allá, más al sur, oculta a la espera.
La imagen esta de la sombra viene de tratar de ver el cine de Mauro Andrizzi desde Guatemala, donde en el mes de agosto se hace una retrospectiva de su trabajo, cuatro largometrajes, dos exploraciones documentales Mono e Iraqi Short films, y dos ficciones En el futuro y Accidentes gloriosos, en todas la rigidez del género se va al carajo, superado el espejismo de si es documental o ficción, el resultado de estos trabajos nos permite hablar sí de un estilo y, para el caso, de una obra, ahí la idea de retrospectiva gana terreno(sin tener que dejar fuera el dato que el director nació en 1980), en estos cuatro trabajos encontramos un discurso estético y una clara exploración estilística.
Pero volvamos a la oscuridad, ahora como metáfora, ahora como antítesis de lo revelado, lo que está en el lugar donde no hay nada. Esta idea de vacío es uno de los primeros puntos de partida para aproximarse al trabajo de Andrizzi. En Mono (2007), un documental sobre el movimiento del rock underground en Argentina, apela no al mero acto contemplativo de una cámara fija documentando conciertos de estas bandas, apela al contraste elemental de un encuadre fijo ante el más ágil y enérgico movimiento, en este caso la ausencia-oscuridad es precisamente esa estaticidad en medio de un concierto de rock, en ángulos desde donde no solemos verlo, ojo gárgola, ojo fantasmagoría.
Iraqi Short Films (2008), el segundo largometraje de Andrizzi, es una aproximación documental de la guerra de Irak usando como materia prima el youtube, una suerte de zapping bélico, porno de guerra al mejor estilo de rotten.com en algunos casos, y en otros entretenimiento para toda la familia: la guerra también es un negocio de imágenes. En este documental (¿?) el vacío es precisamente el de la imagen, la oscuridad es la ausencia del sentido, dicho sea de paso el director juega con el audio, subtítulos y traducciones, construyendo desde la postproducción un relato de ficción (¿?) inserto en la estética del youtube desde donde lo “real” muta hacia el voyeurismo del espectáculo, 90 minutos de imágenes grabadas por combatientes donde la sensación del exceso de la imagen y la guerra hacen recordar a Baudrilliard diciendo “ante la tautología del bien por el bien habrá que contraponer la homeopatía del mal por el mal” y subtitularla.
En el futuro (2010) es un ejercicio sobre la memoria ante la gran metáfora del deseo: las relaciones de pareja. Una película basada en la oralidad, en el relato hablado de una serie de intentos de acercarse al otro e imaginar que es posible hacerlo, aunque, tal como los mismo personajes sugieren, aquello sea imposible. Filmada a blanco y negro (vaya injusta terminología para los grises), Andrizzi explora en este trabajo las posibilidades de la luz, sobretodo de lo que la luz no muestra, los relatos hablados surgen de locaciones sombrías, lúgubres si se quiere, precisamente desde el lado negro de las radiografías, los retratos de los protagonistas caen, irremediablemente, en un agujero negro que está a punto de devorarlo todo desde los bordes de la pantalla misma, las voces caen ahí, se quiebran ahí en la imposibilidad que es el deseo mismo y que a pesar de todo, desde las sombras consiguen llenar toda la habitación de luz, como un rayo, por algunos segundos de victoria. Total hasta el mismo Nietzche sugeriría que presos de nuestra vida subterránea, siempre se puede volver a la luz, siempre se tiene una hora dorada de victoria.
Su último trabajo Accidentes Gloriosos (2011), también a blanco y negro lleva la exploración del vacío al extremo, el punto donde ya no volveremos a encontrarnos, algo como la nostalgia de la vida desde un cuerpo que deambula entre la sombra y la luz pero como fantasma. Narrada completamente en una voz en off, una de las más hermosas e incisivas voces que podamos escuchar en nuestro cine latinoamericano contemporáneo, nos lleva desde su fantasmagoría a recorrer vidas y rincones “familiares”, “cotidianos”, con comillas, por supuesto, porque acaso la tierna visión de un retrato, cualquiera, una fotografía, un carro chocado, un dibujo, puede convertirse en la historiografía de un cuerpo, en la memoria colapsada de un cuerpo, de los nuestros, quizá. Y es que ante el colapso asumido de nuestros sueños, nacer directamente hacia un choque, hacia una realidad -de imágenes, de palabras, de sensaciones- que pareciera empeñarse en abandonar nuestros cuerpos en medio de un desierto imaginado, surge, desde la ausencia, la posibilidad de los milagros gloriosos, de levantarse de la silla de ruedas, la silla del cuerpo atrofiado, no de una generación, sino del tiempo mismo, y descubrir en ese espacio accidente-milagro, un espacio de gozo, de encuentro, muy a pesar de que la voz nos diga “Todo es oscuridad, sino no haría falta la luz. Mis ojos estaban muertos, ya no. Me prometieron colores y la luna dorada, pero todo lo que tengo son sueños en blanco y negro y una vida nueva llena de geometrías y la cara de mi mujer que apenas reconozco”.
Así un breve recorrido por el trabajo de un director con plena consciencia linguística y sin miedos, un director que acuerpa una generación de cineastas latinoamericanos que saben ver la frontera y cruzarla, en el entendido que la frontera, cualquiera que esta sea o que signifique, debe ser transformada en camino antes que en muro.
Desde este país tenemos bastante claro que ser guatemalteco también es ser la sombra, la experiencia de lo no dicho, de lo que aguarda al acecho, sabemos estar atentos, tratamos de entender la respiración del miedo, y como Andrizzi, pareciéramos intuir que en esos ojos que nos observan desde la oscuridad encontraremos de alguna manera el sentido de este viaje vital, en palabras de Ernesto Cardenal “este constante fluir de la luz a las tinieblas. Del amor al olvido”.