miércoles, 9 de septiembre de 2009

amanecer en la city








sucede algunas mañanas,
abres los ojos
y detrás del amor está el mundo.
detrás, detrás de tu pecho,
chiquita
y del mío
hay una montaña llena de antenas
y un reloj gigantesco que administra las sombras
y un buzón repleto de spam
porque casi todo es spam
hay una taza de café
y otra taza de café
y las noticias de todos los días
junto al sonido de las teclas
duro, no sé si marchito,
nos dijeron que trabajar dignifica
definitivamente lo dudo.
está un vaso de yogur
y la prueba superada de la fodonguez
nada como vernos a los ojos en pijama
y besarnos con el tibio aliento del amanecer.
está el sonido de los carros
el sonido de los perros
de las botellas aplastadas por los carros
de los basureros reventados por los perros
de los pasos agitados de la serpiente laboral que se le escurre a los carros
de los niños también fodongos con un palo en la mano llamando por su nombre a los perros
del azul o del gris
de la bolsa de paiz o el nuestro diario en la cabeza cubriéndonos de la lluvia que se nos viene desde abajo subiendo por nuestras faldas como una hiedra de frío que estalla en un reflejo estampado, inescrupulosamente salpicado por los carros.
está chiquita el sonido de unos que llevan la vida buscando,
que conocen bien la topografía abdominal de las piedras,
que se saben de memoria el recorrido cotidiano
que los lleva y trae desde y hacia ninguna parte
como una condición ya dada,
condición de ojos en blanco,
condición de noche obscenamente despejada sin luna y sin estrellas,
buscadores incansables que aúllan y se rasgan la vestidura,
como en el poema de mi amigo,
muestran sus tatuajes y aúllan,
muestran sus lágrimas y aúllan,
revientan con los botones de la ropa
un silencio ancestral y peludo como de perros y aúllan.
están, mi chiquita, unas tarjetas malditas que hay que marcar,
unos putos uniformes,
el maldito horario que se interpone como una capa de manteca entre uno y los sueños, está un jefe y un título y si nos ponemos duros, chiquita mía, está toda la ciudad.
está el ombligo,
está la tierra,
están la madre y el padre y toda la clica,
está sus sombra y el halo extraño de luz que les rodea,
como un poste antiguo que más parece un árbol en el que cuelgan algunas lámparas, vaya noche.
afuera está el mundo,
y es una tentación dejarlo afuera.
la infancia se nos atora a la espalda,
el ingenuo ejercicio de volvernos todo sueño,
de volvernos invisibles, qué sé yo, volar.
saltarse las trancas.
pero no pasa nada, chiquita,
puedo vernos con claridad caminando por las retorcidas calles del mundo,
salpicando unos converse,
tomados de la mano.

4 comentarios:

Hilda Guzmán dijo...

la bolsa de paiz nunca falta...

ixmucane dijo...

Casi todo es spam cuando estás enamorado. Como siempre genial.

Qué suerte. Yo también quiero de esa droga, digo, la del amor con la que todo lo demás es secundario. Y qué suerte tiene tu "chiquita", de inspirar poemas tan bonitos.

Un abrazo.

David Lepe dijo...

Ahh, que rico...

Maurice Echeverría dijo...

Esto me gusta. m.